El descubrimiento de América.

Una de las mejores frases relativas al Descubrimiento de América es aquella que Les Luthiers pone en boca de los indios, cuando Colón desembarca en estas playas, ¡Por fin nos descubrieron! Obviamente sirve para resaltar un hecho obvio, América y sus habitantes existía antes de que la 'descubrieran', pero también el 'por fin' nos dice algo, el tal 'descubrimiento' debía ocurrir, antes o después. El encuentro entre las dos culturas era inevitable y el resultado de tal encuentro habría diferido poco del que fue, cualquiera hubiera sido el descubridor.

La llegada de Colón a América fue de poca importancia para España. Ese mismo año de 1492 acababa de expulsar a los moros de Granada y el cristianismo logró la hegemonía con la expulsión de los judíos. La España mora, que había servido de camino para que la cultura griega, olvidada ya en Europa, volviera a ésta y ayudara al surgimiento del renacimiento, se hundía en un oscurantismo medieval, forzado por los reinos del centro, Castilla y Aragón, del cual no saldría, algunos dicen, hasta la muerte de Franco.

Es incorrecto suponer que la empresa de Colón tuvo un significativo apoyo por parte de España en su conjunto. España, como país, recién comenzaba a formarse y tanto Isabel como Fernando provenían de reinos sin costas marinas, por lo que poco sabían de cuestiones náuticas. Los planes de Colón habían sido revisados por consejeros científicos de los reyes, y rechazados una y otra vez, como lo fueran años antes en Portugal. En contraste con lo que habitualmente se dice, en esa época se sabía que la Tierra era redonda (los marineros podrían no saberlo, pero sí los sabios) y que su circunferencia en el ecuador medía unos 40.000km. Las estimaciones de Colón de la distancia a Cipango (Japón) sólo cerraban si se consideraba la circunferencia de la Tierra como de 30.000km, una diferencia totalmente inadmisible. Si alguien no había intentado el viaje hasta ese entonces no era porque temieran caerse por el borde del mundo sino porque sabían que Cipango y Catay (China) estaban demasiado lejos para el alcance de sus navíos.

Los Reyes Católicos, sin embargo, sabían también que el reino de Portugal estaba prosperando gracias a la exploración y navegación de las costas del África, en busca de un camino marítimo al Oriente. A pesar de que no se llegó al cabo de Buena Esperanza hasta poco antes del viaje de Colón y Vasco da Gama recién lo cruzó y navegó el Océano Índico en 1497, las riquezas que los portugueses extraían de las costas de África eran considerables. España había quedado excluida de este comercio por arbitrio papal, al que se habían sometido España y Portugal tras varios incidentes territoriales.

Así pues, los Reyes Católicos apoyaron muy moderadamente a Colón, en forma casi personal y en contra del mejor consejo de sus sabios, probablemente no ante la esperanza de llegar a Cipango sino a la espera de encontrar riquezas en el camino, como en ese entonces estaba cosechando Portugal. Y muy modesto fue ese apoyo, pues la expedición, equipada con tres naves de reducido porte, estaba muy por debajo de lo que habrían estado en situación de proveer, de haber tenido verdadera confianza en la empresa. Esto es evidente, también, por el nombramiento de Colón como Almirante de la Mar Océano y Virrey de las nuevas tierras que descubriera, en lugar de proveerlo de cartas y títulos que lo acreditaran ante la corte de Cipango y, más aún, ante el Gran Kan, cuya existencia era conocida gracias a los viajes de Marco Polo, que ya tenían dos siglos de acontecidos.

Por ello, casi puede afirmarse que Colón no sabía a dónde iba ni a qué iba, ni tampoco lo sabían quienes lo financiaron, al punto que lo hicieron muy modestamente, acorde a lo loco e improbable del emprendimiento. Es bastante probable, sin embargo, que de no haber sido Colón, algún portugués lo hubiera logrado antes que pasara un siglo.

Así fue como el descubrimiento y la posterior conquista, muy lejos de ser un emprendimiento nacional, pasó su primer siglo siendo apenas una muy suelta secuencia de aventuras por parte de unas pocas ambiciones personales. Cortés emprendió la conquista de México con 500 hombres. Pizarro unos 700. Sus armas de fuego, aunque impactantes, no eran particularmente eficaces. Los españoles de ninguna manera trajeron la guerra a estas tierras. Tanto Cortés como Pizarro aprovecharon las enemistades ya existentes entre las varias tribus del lugar, que guerreaban permanentemente entre si y, habitualmente, con mucha menos piedad que los europeos. Cortés llego a reunir 80.000 nativos en contra de sus otros 'hermanos americanos'. Pizarro aprovechó las sucesivas traiciones de Atahualpa sobre Huascar, de Cualcuchimac sobre Túpac Huallpa e innumerables más.

Así como estas aventuras tuvieron éxito y tendemos a ver una intencionalidad, un plan o una línea histórica, ignoramos o desconocemos la cantidad de expediciones que otros intentaron. Nos deslumbramos por los títulos de adelantados, virreyes y capitanes generales, sin considerar la cantidad de estos títulos que se emitieron y que, rimbombantes como suenan, no eran, en realidad, particularmente valiosos ni respondían a ningún tipo de estrategia política.

Tampoco la guerra y el sometimiento eran nuevas en América. Las tribus peleaban constantemente entre si. La única cultura americana sedentaria que desconoció la empalizada u otros medios de defensa, fueron los Onas en Tierra del Fuego. El sometimiento de los indios a los españoles era algo natural, los derrotados siempre habían pasado a ser propiedad del conquistador, los hombres sobrevivientes eran esclavos, las mujeres 'segundas esposas' en el mejor de los casos, y el resto, simplemente asesinado, no ya en batalla sino simplemente diezmado para evitar insurrecciones.

Por ello, la frase 'Encuentro de dos culturas', propuesta por México y adoptada por la UNESCO en ocasión del quinto centenario de la llegada de Colón a América es, quizás la descripción más equilibrada del evento. Ni los europeos fueron los adalides del mundo cristiano ni los nativos americanos unos salvajes, tal como se enseñaba hace unas pocas décadas, ni tampoco existieron los nobles salvajes versus los perversos europeos, según se estila más recientemente. Simplemente, a partir de un hecho que no habría podido evitarse, dos culturas que hasta entonces se desconocían, interactuaron según los estándares de la época. Ninguna de las dos partes fue ni más cruel ni más sabia de lo que habitualmente era para con sus vecinos.

Otros mitos:

Los europeos diezmaron a los indios con sus armas de fuego:

Las armas de aquella época eran terriblemente ineficaces, salvo por el efecto psicológico. Un soldado raramente tenía oportunidad de un segundo disparo antes de tener que entrar en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. La cantidad de munición que podían transportar era también muy limitada. Como dato anecdótico, yéndonos un poco a otra área, en una película de John Wayne donde el ejército luchaba contra los indios, se habían disparado más balas de las que hasta aquella época en que sucedía la acción habían sido fabricadas en toda la historia de los Estados Unidos.

Los nativos americanos eran nobles

No lo eran ni más ni menos que lo eran los europeos o los chinos o cualquier pueblo de la Tierra. Los sacrificios humanos no eran inusuales y el exterminio de pueblos completos era el escarmiento habitual a los intentos de insurrección.

Los indios eran unos brutos

La cultura indígena era totalmente distinta de la europea y es muy difícil juzgarla con la misma vara. Carecía, sin embargo, de algo muy importante, métodos eficaces de escritura. Esto nos hace imposible juzgarla fehacientemente. Por otra parte, las enormes distancias y la baja densidad de población de la América precolombina no habían permitido la existencia de una cultura continental, con su efecto multiplicativo en el desarrollo cultural. Aún los Incas, con su organización administrativa y la construcción de caminos, tal como hicieran los Romanos más de un milenio antes, no habrían podido llegar al mismo nivel de organización pues sus esfuerzos se habrían diluido en las inmensidades despobladas conque se enfrentaron. Obviamente, estos esfuerzos fueron interrumpidos por la conquista misma, por lo que nunca lo sabremos realmente. En definitiva, el nivel de desarrollo cultural de su sociedad, inferior a la europea si así se lo quiere, era reflejo de las circunstancias en que se encontraban y no de su capacidad individual o de una limitación racial intrínseca.

Los europeos trajeron la sífilis y la tuberculosis

El mundo desconocía lo que ahora llamamos epidemiología. A mediados del siglo 14, casi toda Europa había sido devastada por la Peste Negra sin que nadie supiera qué hacer al respecto. Un 20% a 30% de Europa murió en un lapso de 20 años. La peste fue traída desde Asia central, a través del Camino de Seda. Nadie culpa a las caravanas musulmanas de la peste.

Colón se dio cuenta de que el mundo era redondo al ver los mástiles de los navíos hundirse en el horizonte.

No sólo se sabía perfectamente que la Tierra era redonda sino que también se conocía con bastante precisión su tamaño. El sistema ptolemaico data del siglo II DC y Copérnico habría de exponer el suyo en 1543. Ambos concebían la Tierra redonda. El resto eran mitos y leyendas. Las propuestas de Colón no fueron desestimadas por creer que el mundo era plano sino porque se sabía claramente que era redondo y que la distancia que Colón calculaba a Cipango era una subestimación colosal.

Buscaban el índigo para teñir sus ropas.

Si bien es cierto que las medias de Colón eran blancas porque sólo aquellos con muchos recursos podían disponer de índigo para teñir sus ropas, este producto era insignificante en el comercio con Asia. Las especias formaban el grueso de los productos que se transportaban por el Camino de Seda, y de estas, la más importante era la pimienta, proveniente de la India. Su uso no estaba limitado al condimento de comida sino, más que nada, a su conservación. Si bien ahora pagamos más por un embutido que por la carne fresca, en aquella época era al revés, los embutidos eran la consecuencia de la falta de refrigeración. Los chorizos, longanizas, salames y demás encurtidos eran alternativas al charque y la carne salada.