En una época, el dinero tenía el valor intrínseco de la moneda acuñada. La moneda de oro valía por el oro que contenía. No existían las monedas nacionales. Muchas naciones acuñaban moneda, pero en todos lados circulaban las monedas de cualquier otro lugar del mundo porque las monedas valían por ellas mismas, no por el país que respaldaba su emisión. Un país que, por la razón que fuera, se hacía de una buena cantidad de oro, la acuñaba en monedas para hacerlo más intercambiable y lo usaba para comprar cosas a sus ciudadanos o a comerciantes de otros países. Un país que no tuviera oro pero pudiera, digamos, exportar trigo, cobraba ese trigo en monedas de oro.

El acuñado de moneda tenía la finalidad de certificar su peso: al tener un grabado, si se le sacaba algo de ese oro, se notaba. En realidad, en todos los países a todas las monedas había quienes con mucho cuidado le sacaban alguito de acá, otro poquito de allí y de cada tantas monedas que pasaban por sus manos, lograban hacerse otra moneda que, hasta cierto punto, no era falsa pues contenía la cantidad prescrita de oro, aunque muchas veces lo mezclaban con algo de cobre. La cosa era tan grave que, por dar un ejemplo, el gobierno británico designó a Isaac Newton como director de la casa de moneda para combatir la falsificación. Fue Newton quien invento el grabado de los cantos de la moneda, en ese momento unas estrías todo alrededor, pues de allí es de donde se sacaba más material.

Hasta entonces, la cantidad de oro en circulación en Europa era más o menos la misma. Se extraía oro de varias minas, algunas de las cuales están pensando en reactivar en, por ejemplo, Asturias, pero la extracción de esas minas era limitada y acompañaba el crecimiento del país: había más oro, pero también había más gente y más bienes que comprar con ese oro; la cosa estaba equilibrada.

Cuando España comenzó a traer metales preciosos del nuevo continente y a acuñar moneda, de pronto conoció lo que es la inflación a gran escala. La llegada de tal cantidad de metal de América trastornó todo pues, de pronto, había mucho más oro del necesario. España se sintió rica, o al menos aquellos que tenían acceso a esas riquezas, y comenzaron a gastar con abandono. Lo que no se dieron cuenta es que al aumentar tan drásticamente la oferta de oro en el mercado, cada pieza de oro individual terminaba valiendo menos. Los allegados a la casa real, que eran quienes recibían el oro en primer lugar, lo gastaban como si fuera agua, pues en cierta forma lo era: para ellos, siempre había más. Al gastarlo, llegaba a los trabajadores, comerciantes y artesanos que los atendían y estos lo gastaban a su vez, difundiendo ese oro por toda la sociedad. Pero al mismo tiempo, eso generaba inflación: ¿por qué voy a vender un par de zapatos de medio pelo al panadero de al lado por tanto si puedo hacer unos zapatos para el noble tal que me va a pagar tanto más? El panadero, entonces, se ve forzado a pagar más por sus zapatos, pero no importa porque el también cobra más su pan pues, si el rico le paga tanto, ¿por qué lo habría de vender por menos?

Así es como todos tenían más monedas, pero cada vez menos pan y menos zapatos pues, por el dicho excedente de oferta de oro, cada moneda en si valía menos.

Claro que no todos los embarques llegaban, pero los nobles no iban a dejar de gastar por ello, simplemente compraban a crédito. España estaba en guerra en Flandes y tenía que pagar a sus soldados y mercenarios. Pero como los barcos, antes o después, habrían de llegar se podía pedir crédito. Cuando se sumó Inglaterra a la guerra, los gastos se multiplicaron. Y se seguía pidiendo crédito. Si esto suena como una ‘burbuja’ es porque lo era. En esta última ronda, han sido los fondos de cohesión de la UE.

España empeñó la fortuna aún por venir con banqueros italianos y, por qué no, ingleses y holandeses, sus enemigos en la guerra. España, que era la que recibía el oro, quedó la más pobre mientras que en Italia brotaba el renacimiento (los Medici eran banqueros, los genoveses proveían afamadas tropas mercenarias de ballesteros, los Sforza de Milán combinaban algo de banca y algo de tropas mercenarias, principalmente arcabuceros) e Inglaterra y Holanda crecían comercialmente. El que busque el oro de América en España, no lo encontrará aquí sino en lo de sus acreedores.

Pero volvamos a la moneda. Los gobernantes se dieron cuenta que sus dominios valían más que el oro que habían acumulado. Algunos países valían por las materias primas que podían producir, otros por los trabajos que podían ofrecer. Los gobernantes podrían ofrecer pagarés a cuenta de esos bienes a futuro para pagar los gastos de ahora. Podían pagar la guerra de hoy con la conquista de mañana … si ganaban. Podían pagar los sueldos de hoy con las cosechas de mañana … si las había. Los pagarés siempre llevaban un descuento en función de la probabilidad de que fueran cobrados, lo que se llama ‘riesgo’ y se mide mediante la ahora afamada ‘prima de riesgo’.

Alguien tuvo una idea mejor, en lugar de emitir un pagaré a alguien en particular para algún gasto específico, se pueden emitir muchos pagarés con pequeñas cifras al portador. Allí nació el papel moneda. Durante décadas, los billetes llevaban una frase: “se pagará al portador y a la vista la suma de” o algo al efecto (“a la vista” quería decir “al momento de ser visto por el funcionario del banco central”), e iban firmados por el presidente del banco central o la autoridad monetaria que correspondiere en cada país.

Este papel moneda tiene el mismo valor que los pagarés, la gente lo toma al valor que estima que vale, y eso depende del ‘riesgo’. Si el país tiene políticas de crecimiento sólidas, cada uno de esos pagarés (billetes) valdrá más. El billete de ese país valdrá más que el billete de otro país. Una misma cantidad de billetes comprara más unidades de determinado bien. Si, por el contrario, sus políticas son malas, sus billetes valdrán cada vez menos. También valdrán menos si se emiten demasiados pues, dado que el conjunto de ellos depende de unos bienes que se producirán en el futuro (cosechas a levantar, minerales a extraer, trabajo que hacer, etc) salvo que haya alguna expectativa de que esos bienes a futuro se incrementen, si se emiten más billetitos, cada uno de ellos valdrá menos.

La cosa es simple: imaginá que de los millones y millones de billetitos que se emiten, una centésima parte corresponde al trigo que se va a cosechar y con el se va a hacer pan. Todo el pan de ese país vale la centésima parte de todos los billetitos que se hayan emitido. Si se emitieron 100 millones de billetitos, entonces 1 millón corresponde a ese pan. Si hay un millón de hogazas de pan, entonces cada hogaza vale 1 billetito (no importa el número que ese billete lleve impreso, el billete vale por la porción que representa de los bienes del país). Si se emiten un diez por ciento más de billetes y la cantidad de pan no cambia, entonces ya no va lo de la relación 1 billetito = una hogaza, ahora es 1,1 billetes = una hogaza. Ergo, inflación.

Vamos un paso más adelante: hay dos formas de financiar una empresa. Si necesito instalar una nueva máquina y no tengo el dinero, puedo pedir préstamo a un banco o buscar un socio que aporte el dinero y le doy una parte del negocio. Emitir pagarés es lo mismo que ir a pedir un préstamo a un banco. Al banquero no le interesa si el negocio sale bien o sale mal, el préstamo hay que devolverlo. El socio recuperará la plata sólo si la inversión triunfa.

Los gobiernos se dieron cuenta de lo mismo, por eso los billetes ya no dicen “se pagará al portador y a la vista”. Los billetes que emiten los gobiernos ya no son pagarés sino acciones. Esto es, cada uno de nosotros es accionista del gobierno que emite la moneda que tenemos en nuestros bolsillos. Si la ‘empresa-país’, la sociedad en la cuál todos somos implícitamente socios, prospera la moneda valdrá más, si se hunde vale menos. Y, al igual que con los pagarés, si se emiten más acciones de la misma sociedad, cada acción individual vale menos pues, en definitiva, el conjunto de los billetes emitidos vale lo que vale el país.

En Argentina, la situación actual es que el país vale cada vez menos y que se emiten cada vez más billetes. Cada billete, entonces, vale cada vez menos porque el conjunto representa un país cada vez más chico y, encima, hay más billetitos, más acciones para la misma sociedad que vale cada vez menos.

La inflación, en realidad, no es que los precios suben sino que la moneda vale cada vez menos.

Y cabe la pregunta, ¿cómo puede ser que el mismo empresario que tiene los mismos costes sube el precio del producto ya fabricado? El empresario no está subiendo el precio, el producto vale lo mismo, es la plata la que vale menos, pero esta respuesta seguramente no es satisfactoria. Hay dos respuestas más concretas.

En primer lugar, el precio de un producto no está relacionado con su coste. El precio de venta es el que la gente esté dispuesta a pagar. El coste determina si uno fabrica el producto o no. Si el producto cuesta más que el valor a que se puede vender, entonces no se fabrica y punto. Los empresarios no pueden imponer un precio a un producto, el precio se gestiona recíprocamente entre proveedor y cliente. Si el empresario puede subir el precio es que encuentra clientela dispuesta a pagarlo. Si se impone un precio de venta que no cubre el coste, entonces no se produce y hay desabastecimiento.

En segundo lugar, el coste no se debe computar al precio de los materiales y la mano de obra conque se fabricó sino a los precios de reposición, o sea, cuánto me costaría reponer ese producto ahora. Esto me quedó claro de joven cuando, para ayudar a un amigo, mi viejo se metió en sociedad con él para poner una ferretería. Nadie, ni si quiera mi viejo, que era contador, sabía lo que era la inflación y lo que implicaba. Mi viejo era simplemente capitalista en el negocio que la manejaba su amigo. Compraba algo, le sumaba un margen y a ese precio lo vendía. Con la inflación, cuando iba a reponer esa caja de tornillos, resulta que costaba más de lo que la había vendido. La ferretería se fue desabasteciendo lentamente, comenzó a estoquear cajas de 100 en lugar de 500, porque no le alcanzaba para comprar la de 500. Le comenzaron a faltar medidas. Los clientes comenzaron a no ir más pues nunca podían conseguir todo lo que necesitaban, siempre faltaba algo.

Por eso, es importante, los precios deben cubrir el coste de reposición, no el coste original del producto que se está vendiendo.

Entonces, si existe incertidumbre en cuanto a los salarios que se han de pagar cuando se deba fabricar el siguiente lote, si hay aumentos de esto y de aquello o si determinado producto, posiblemente importado se va a tener que pagar en dólares inalcanzables, entonces, el precio de los productos en venta debe subir, para cubrir los nuevos costes de reposición y la incertidumbre de esos costes.

Esto, claramente, no está en las manos del empresario, en Argentina, es el gobierno el que influye mayoritariamente en esto.

Finalmente, es absurdo suponer que Hreñuk (yerba Rosamonte) o Estancia Las Marías pueden producir inflación por vender la yerba mate más cara. Con las nacionalizaciones que ha habido y el volumen de la economía que controla directamente el estado, en lo cual incluyo los funcionarios públicos, las obras públicas y todo lo demás, el gobierno no tiene competencia posible en la fijación de los precios. Actualmente, el gobierno debe estar controlando directamente un 60% de la economía. El turco de Rosamonte no puede tener la culpa de la inflación, ni él ni todos los empresarios particulares juntos, si es que se pusieran de acuerdo. Porque por encima del 60% que controla directamente, el gobierno influye significativamente en los costes del 40% restante de la economía, poniendo trabas al comercio (falta de divisas, trabas a la importación), demoras en el aprovisionamiento o distribución (huelgas de transporte) o reglamentaciones que obligan a perder tiempo. El empresario reacciona a estos factores, no los genera.