Días pasados tuve que acudir al dentista y en la clínica tenían una máquina de rayos X un tanto peculiar. En lugar de la tradicional máquina en que uno tiene que sostener la pequeña placa radiográfica dentro de la boca mientras disparan el emisor de rayos desde un lugar resguardado, en esta, me pusieron en una máquina donde tuve que apoyar la frente en una guía para mantener la cabeza quieta y morder una pieza de plástico descartable para fijar los dientes mientras dos placas del tamaó de un libro, a lados opuestos de mi cabeza, dieron medio giro alrededor de la misma. El resultado apareció en la pantalla de un ordenador corriente en el escritorio vecino. De vuelta en el consultorio, la imagen estaba disponible en la pantalla del ordenador dispuesto a la vista tanto de la dentista como la mía.

Que todas las máquinas de la clínica estuvieran conectadas entre sí de forma que en cualquiera de ellas se pudiera ver mi radiografía no me extraña mucho, la tecnología estaba allí desde hace un tiempo, bastaba que se decidieran a adoptarla. Pero sí me llamó la atención la calidad de la imagen y el hecho de que mostrara toda mi boca en una sola imagen.

Cuando el dentista hace que uno sostenga la placa radiográfica dentro de la boca es porque si tuviera la máquina de rayos de un lado y la placa del otro, los dientes de un lado de la cara harían sombra a los dientes del otro lado. En esta imagen, sin embargo, el emisor de rayos y el sensor, pues no era una placa radiográfica sino un sensor electrónico, estaban en lados opuestos de mi cabeza y en la imagen se veían claramente separados los dientes de uno y otro lado de la boca, sin que se hicieran sombra unos a otros.

En definitiva, está claro que lo que me sacaron fue una tomografía, algo que no hace mucho era impensable pues un tomógrafo era tan caro que había escasos centros de tomografía aún en las grandes ciudades y con turnos tomados con semanas de anticipación. El costo de estos equipos, evidentemente, ha bajado a tal punto que una clínica dental puede disponer de uno de ellos y hasta darse el lujo de tenerlo inactivo la mayor parte del día!

En realidad, no me debería extrañar, un tomógrafo se compone de dos partes, una, la máquina de rayos X en sí, que sólo se diferencia de una máquina regular en que en lugar de iluminar toda la zona simultáneamente, lo hace solamente con un haz muy delgado, lo cual simplemente requiere poner una pantalla con una ranura o un agujero para que sólo salgan rayos por ese punto. A fin de terminar cubriendo todo el volumen a radiografiar, tanto el emisor como el sensor giran alrededor del paciente. Y, según veremos más adelante, es importante también que gire, para tomar muestras en distintos ángulos.

El otro componente de un tomógrafo es un programa, y es aquí donde se encuentra la clave del tomógrafo y la razón de la disminución de su costo. En los primeros tomógrafos, el ordenador asociado a la máquina de rayos era un gran computadora diseñada expresamente para esta función, y aún así, tardaba varios minutos en procesar una sola ‘rodaja’ de la imagen. La capacidad de procesamiento de los ordenadores de mesa a aumentado a tal punto y su costo se ha reducido tanto que el conjunto ahora es mucho más accesible para otros usos que antes eran impensables.

Un tomógrafo no es más que una simple máquina de rayos X, una muy buena idea y montones de cálculos. La máquina de rayos y la idea no han cambiado en todos estos años. No me extrañaría enterarme que la idea existía desde hace décadas, pero que no se hubiera podido llevar a la práctica hasta que los ordenadores se hicieron lo suficientemente poderosos. Ahora, hasta la modesta máquina que cualquiera tiene en su escritorio puede procesar una tomografía.

Hay un conocido acertijo, en un recuadro de 3 filas y 3 columnas, o sea, 9 casillas dispuestas en un cuadrado, se plantea disponer los dígitos del 1 al 9 tal que todas las columnas, todas las filas y las dos diagonales sumen lo mismo. Procesar una tomografía es resolver algo parecido a este mismo acertijo, pero mucho más grande.

En lugar de tener un cuadrado con números, lo que tenemos es un volumen, el cuerpo del paciente. En lugar de tener 3 columnas, 3 filas y dos diagonales, o sea, 8 sumas, tenemos varios cientos de números en distintos ángulos que representan la intensidad que le queda al rayo una vez que atravesó el cuerpo del paciente. En el acertijo, no sabemos cuál es el valor de la suma, sólo sabemos que todas las filas, columnas y diagonales deben sumar lo mismo. En el tomógrafo, en cambio, sí sabemos cuánto suma cada línea, que ya no son filas y columnas sino que son como sucesivos diámetros alrededor del paciente, una suma que no es igual todo alrededor sino que cambia de diámetro en diámetro.

Está claro que el problema es muchísimo más complejo que el simple acertijo del cuadrado. En lugar de 9 casillas tenemos muchísimos puntos. En lugar de 8 sumas tenemos cientos de diámetros y, además, los números pueden repetirse y no son sólo del 1 al 9.

Como se puede apreciar, la idea conceptual del tomógrafo no es compleja, pero sí requiere una cantidad de cálculos impresionante, cálculos que hace sólo unos años sólo las mayores computadoras podían resolver y ahora cualquier máquina puede hacerlo.