Arthur C. Clarke, en su libro Fuentes del Paraíso nos cuenta de un ingeniero (que no era Santiago Calatrava) que se especializaba en puentes. La gran limitación en los puentes es la resistencia de los materiales. Los primeros diseños del puente sobre el Golden Gate, en San Francisco, California, eran verdaderamente espantosos. El proyecto tardó años en ser aprobado por las entidades involucradas y en ese tiempo, la calidad del acero mejoró al punto que la masiva estructura original pudo reducirse a la elegante figura del actual puente.

Cuando Clarke escribió su libro los aceros habían mejorado sensiblemente respecto de los que Strauss dispuso para el puente sobre el Golden Gate, pero no mucho. El puente más largo actualmente, el Akashi-Kaikyo en Japón con 1991 metros de luz no es ni el doble que el Golden Gate, de 1280 metros de luz, que aún ahora conserva el octavo puesto.

Para su libro, Clarke imaginó que su protagonista dispusiera de un ‘monofilamento de diamante’, que era el material más resistente que podía concebirse, aunque ese material, ni entonces ni ahora, existe. Mucho tiempo después se descrubrirían los nanotubos, de los que ya hablara en otro artículo, que resultan ser aún más resistentes (en proporción al peso) que el monofilamento de carbono que Clarke usaba en su historia. Pues es el peso del material, no solo su resistencia, uno de los principales factores. Los cables que soportan al Golden Gate tienen casi un metro de diámetro y son prácticamente sólidos. Cualquiera de los dos cables pesa más que lo que podrían pesar todos los vehículos que se pudieran estacionar sobre el puente. O sea, la mayor parte del esfuerzo sobre esos cables es para soportarse a si mismos y a la calzada. El cable podría ser mucho más delgado si fuera más liviano.

Provisto de este material la historia cuenta la construcción del puente más largo que pueda concebirse, un puente al espacio o, dado que se desarrolla verticalmente, un ascensor. Como todo puente, el ascensor espacial necesita al menos dos puntos fijos en que apoyarse uno de ellos, obviamente, sobre la Tierra, el problema es el otro pues como la Tierra gira se necesita algo que se mueva con ella y eso no existe, pero se puede hacer. Actualmente hay toda una constelación de satélites de comunicaciones que están en una órbita tal que giran al mismo ritmo que la Tierra con lo que parecen estar siempre en la misma posición. Esta órbita, conocida como ‘geosincrónica’ es también llamada órbita de Clarke pues fue justamente Arthur C. Clarke quien la descubrió.

La idea es lanzar un gran carrete de filamento de nanotubo a algún punto en esa órbita geosincrónica que se encuentre sobre algún lugar conveniente sobre la Tierra y una vez en órbita que comenzara a desplegar dos filamentos, uno hacia abajo y el otro en sentido opuesto, pues es importante mantener el centro de gravedad del conjunto balanceado sobre la órbita geosincrónica. Una vez que este filamento llegara a tierra, se utilizaría para izar un filamento aún más grueso y así en sucesivas etapas hasta lograr disponer de un filamento lo suficientemente grueso como para poder transportar una carga útil.

Encontrar un lugar conveniente sobre la Tierra no es del todo fácil. El punto debe estar en el ecuador, pues ese es el plano de la órbita geosincrónica. La mayor parte del planeta es agua a la altura del ecuador. Una de las propuestas, entonces, es que el extremo inferior del ascensor se encuentre en una isla flotante artificial. Un problema con esta solución es que una plataforma flotante no es estable, está sometida a mareas y a tormentas, pero tiene la ventaja de que se puede trasladar libremente a lo largo del ecuador y unos pocos kilómetros a cada lado, para poder evitar estas tormentas o también objetos en órbitas bajas.

Anclar el extremo inferior en tierra firme es relativamente más simple, además de ahorrar costos en la construcción del aeropuerto y hoteles para los pasajeros que usarán el ascensor y viviendas para el personal que lo gestione. Además, cuanto más alto mejor, no porque e ahorre mucho cable, sobre 36000 kilómetros hasta la órbita geosincrónica, los menos de 9 kilómetros del monte Everest no le hacen mucha diferencia. La ventaja de evitar esos primeros kilómetros es que son los más turbulentos, es donde el aire es más espeso y los vientos más potentes.

Tierra firme sobre el ecuador no hay mucha. El problema para los inversores de un proyecto así es que esa tierra estaría controlada por un determinado país y, en el caso de África, nadie está dispuesto a confiar en ninguno de ellos. Ecuador sería otro candidato excelente desde el punto de vista técnico, con montañas de 4000 metros justo sobre el ecuador, pero nadie garantiza que un Evo Morales no llegue para apropiarse de todo. Lo mismo ocurre con el sur de Colombia área que, ya para empezar, el gobierno central no tiene bajo su control. En ese sentido, Brasil es un socio más confiable que, además, tiene su propia agencia espacial y tiene la capacidad para invertir en el proyecto, aunque a lo largo de todo el ecuador no tiene ningún terreno de altura apreciable. Indonesia es otro país bajo el ecuador, pero habiéndose independizado hace unas pocas décadas, aún no ha logrado una estabilidad institucional y territorial como para confiarle una inversión de este tipo (parte de su territorio está bajo el control de las Naciones Unidas).

Nos quedan las islas. Las Galápagos son muy tentadoras por la altura, unos 1700 metros, lástima que esa altura sea un volcán activo. Las Gilbert y Marshall en el Pacífico y las Maldivas en el Índico son candidatas interesantes aunque no son altas y en ninguna de ellas hay tierra firme justo bajo el ecuador, pero al menos la profundidad no es mucha. Estas últimas islas son grupos independientes donde el ascensor espacial les supondría tal fuente de ingresos que difícilmente habría opositores a la idea y, si los hubiera, pueden ser ocupadas militarmente con facilidad (no es que lo proponga, pero tampoco me hago ilusiones, es un poco de realismo geopolítico). Las Galápagos pertenecen también a Ecuador, el dueño de los mejores terrenos bajo el ecuador. A diferencia de cualquier ubicación en tierra firme, las Galápagos son militarmente defendibles con facilidad aún de las propias autoridades ecuatorianas.

Recordemos, en definitiva, que el punto inferior de anclaje del ascensor espacial es tan importante como el canal del Panamá o el de Suez. El canal de Suez ha estado cortado por años en varias guerras a lo largo de su historia, el de Panamá era administrado por una fuerza militar de los EEUU y aunque por él circula una importante cantidad de tráfico marítimo, ya no es indispensable, los grandes porta-contenedores ya no pueden pasar por sus estrechas esclusas y si Panamá lo cerrara, ella sería la mayor perjudicada, ya no puede tener al mundo rehén de un capricho político, no en vano los EEUU se lo cedieron a los panameños (aunque mantienen una base).

Los ascensores espaciales han aparecido en alguna que otra novela, con más o menos acierto. En una historia, un personaje se subía al ascensor y en unas pocas horas llegaba a su destino. El caso es que un viaje a órbita geosincrónica tardaría varios días dado que, en definitiva son 36 mil kilómetros a recorrer por un vehículo que tracciona sobre un riel de nanotubos, aún a 500kph, una velocidad que sólo algunos trenes experimentales han logrado, tardaría 72hs o sea 3 días en llegar.

Recuerdo otra en que en un mundo destruido por no sé qué guerra, sobre el ecuador se encontraba enrollado el cable de un ascensor espacial caído, un sólido bloque grueso como un tren infinito que se perdía en el horizonte … en ambos horizontes, habiendo destruido todo a su paso, medio enterrado en la trinchera excavada por su propio peso. La realidad es que el cable sería bastante delgado y tendría forma de cinta, para dar mayor superficie de agarre a los ascensores. Si este cable se cortara, caería suavemente a la tierra como una hoja de papel delgado. La sección que estuviera anclada sería arrastrada por la rotación de la tierra, que en el ecuador equivale a unos 1600kph, pero bastaría soltarlo para que flotara libremente. La mayor parte se quemaría en la alta atmósfera como cualquier meteorito y la parte que estuviera desde el punto de corte hacia el espacio, saldría disparada hacia el espacio.

Hablando de lo cual, este mismo efecto permitiría el lanzamiento de satélites y naves a cualquier punto del sistema solar. Bastaría hacer ascender al objeto por el cable que une la estación geosincrónica con el contrapeso y simplemente soltarlo, en el momento justo, para que fuera disparado hacia su destino como lanzado de una honda. Los planetas interiores, Venus y Mercurio y el Sol mismo sólo pueden ser alcanzados dos veces al año, en los equinoccios, cuando el sol cae perpendicular sobre el ecuador, pero los destinos más allá de la órbita de la Tierra y la Luna pueden alcanzarse durante varios momentos a lo largo de todo el año.

En definitiva, llegará el día en que habrá uno o varios ascensores en Brasil, Ecuador, Indonesia y todos los lugares mencionados, como así también los habrá en plataformas marinas, posiblemente contiguas a islas como las ya mencionadas, y también en Marte, la Luna y en algún asteroide con recursos minerales importantes. Una completa transformación de la Tierra y el espacio a su alrededor.